Me amargo tanto: ver toda la gente, su vida y sus avances. Y yo acá encerrado en mi, todo está bien pero rehuso a verme. Instintivamente me alejo, quiero irme lejos de la felicidad lejana y vuelve lo cíclico del escondite. Desintalo, desconfío y marmota es mi actitud. La aburro con mi repetición y naturalmente, es separarme de mis pares. Así creo ser feliz, independiente, alguien mejor, pero al primer contacto con la ulterior superficialidad de esta edad de oro, del goce por el goce, me hundo en mi miseria de saber que pasa el tiempo y mis deseos se vuelven forzados. La realidad es que estoy atado al hermetismo del miedo de ser un recluso en mi propio cuerpo y de mis palabras borrosas e inseguras.
Me arrastro por tener contactos, pero a su vez me hiero en una ortiga autoimpuesta y lacrimosa, es complicarse la vida, es saber que vivir así no es vivir, es sólo alargar los segundos, minutos de una existencia incierta y totalmente bohemia anímicamente.
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