lánguida penumbra que revienta
un haz de estelas en mi cerebro,
desconocido tambaleando
en un cetro de vuelos constantes.
una delgada aparición, y rota
la cadena de un sintiente reflejo,
ella: ruborizada en su incógnita,
él: reflejo de la soledad ulterior.
relámpago de frío viento austral
y el sol trata de quemar pecados,
entumecido en el borde y allá
arapientos los ojos de la lógica.
quién te viera, penar como religión
y existir en redes de dudas,
al final absurdas que yacen
en el corazón de iracundas desconfianzas.
dar o morir, ambivalente ultimátum
cohecido en melódica armonía
y te tengo, lejana, simbólica
pero creadora del arte más perfecto.
abrigo interior del alma errante,
cabello rubicundo de tsarina
y la melancolía sarcástica
de la nadería de mi voz sórdida de gripe.
desfallece los senderos cuando
el verbo es ruido ambiental,
se acostumbra mi dolo embebido
y se deshilacha mi luna de cordón.
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